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ANDORRA, CERCA DEL CIELO Un espacio inaudito, cubierto de un silencio que apenas se rompe por el sonido de un ave o del viento que juega entre los árboles, un panorama amplio, impactante con la luz que se desliza sobre la nieve, una tierra donde el hombre se ve reducido a su máxima pequeñez, donde el desafío es constante y la eternidad parece estar presente. Este es el paisaje del Principado de Andorra, resguardado entre las montañas, milenario y callado, pero permanente y fuerte. Si bien Andorra es un territorio pequeño, su singular belleza es escenario de tantas fantasías y de múltiples posibilidades. Y es que ser pequeño no significa carecer de una gran tradición y una historia llena de hechos significativos. Pequeñez que se agiganta cuando se despliega con fuerza el abanico de posibilidades de emociones y entretenimiento que ofrece Andorra. Más allá de la espesa nieve que cubre el Pirineo andorrano de noviembre a abril y que constituye el principal patrimonio de este paraíso, el país tiene muchas más propuestas en donde es fácil extraviarse entre la dimensión del tiempo y olvidar que se vive en el siglo XX. Andorra es una invitación a descubrir todo un mundo recluido en unos cuantos kilómetros, lleno de encantos naturales que no dejan de sorprender tanto a los espíritus más aventureros, como a las almas que buscan equilibrio con la naturaleza o a aquellos que ansían la experiencia de vanguardia de domesticar a la montaña. Iglesias románicas y monumentos históricos construidos en piedra grisácea y diseminados a lo largo del territorio, el reflejo más puro de tiempos pasados, modernas estaciones de esquí, excitantes excursiones a pie, a caballo o en bicicleta por parajes que se vuelven inolvidables, interesantes museos, atractivos centros deportivos y de descanso, deliciosa gastronomía, innumerables tiendas, hoteles y servicios impecables. En una palabra, un mundo sorprendente y atractivo. Se trata pues, de una nación que guarda una especial magia entre el tránsito de hoy y el de ayer, para convertirse en un laberinto de caminos y posibilidades en medio de paisajes inimaginables y cautivadores, sin esa sensación de vértigo y desesperación que envuelve a los viajeros de los grandes países. Andorra es, sin más, la entrada al cielo. |
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